miércoles, 3 de septiembre de 2014

La Oscura

Arcania es distinta, algunos rasgos lo marcan. Pero eso no le quita igualdad frente al resto. Su pasado, sí.
La cúpula infinita del castillo de las viajeras contiene en su espiral orbes oscuros, turbulentos y gélidos; pacíficos, brillantes y templados; de fuego, niebla, o líquido; y otros como el que muestra el universo original de Arcania: grises, silenciosos, fríos. Con la mayoría de sus mundos muertos.
La actual candidata al trono del reino de las viajeras, y al control de la cúpula infinita y la llave maestra, no había sido responsable de tremenda destrucción; tan sólo del perecer de tres o cuatro planetas. En ellos fue, en distintas encarnaciones, seres de magia profunda y oscura. Sus dedos estaban acostumbrados a recorrer volúmenes amarillentos y pergaminos encontrados en expediciones secretas. Fue una experta en hierbas, brebajes, y cultivos. Supo abrir y sellar la energía en piedras, gemas y cristales.
Derramó sangre, colaboró con lo que está más allá. Abrió las puertas a los antiguos, y luego del éxtasis y la devastación, cuando emergieron los paisajes con arena de huesos, cielos mustios y aire rojo, ningún poder o conocimiento le devolvió lo perdido. Y ya era tarde para cerrar las puertas.
Podía engañarse volando de un mundo a otro, agrietando la tierra y el firmamento, o manipulando las vidas miserables de los homúnculos. Siempre sería una esclava de los antiguos.
Hasta que llegaron ellas.

Unas alas quirópteras atravesaban el cielo carmesí, desarmando las nubes verdes. Cuando aterrizaron, se transformaron en una capa sombra. Arcania avanzó sobre el mármol opaco, hacia su trono. Debajo, su reflejo la acompañaba, vestido con una armadura de obsidiana negra y portando un báculo con un gran cuarzo de ónix ahumado en la punta. Su cabello, bruno y sedoso, se deslizaba con parsimonia.
Ya en el trono, Arcania devolvió la mirada al reflejo. Hacía años que sus ojos eran amarillos y ajados, como los de aquellos seres de antaño. No podía recordar su nombre, sólo que habían transmutado hacia unas criaturas que cruzaban el éter, navegando en las líneas de poder.

Del casco de Arcania salían tres cuernos: uno donde estaría el entrecejo, y los demás en las sienes, cubiertos de gemas.
Un homúnculo verde se acercó a ofrecerle el alimento: cristales cargados bajo los dos soles. Arcania tomó varios, y los sostuvo en su mano. Observó a la criatura de mirada perdida, encorvada y con quistes en la piel, y volvió a tener esa sensación.
Su cabello la alertó. Se incorporó, dejando los cristales vacíos en la bandeja. Antes de que el homúnculo se retirara, le obsequió los energizados.
La golpeó un viento fuerte, desde las puertas abiertas del balcón donde había aterrizado. Una luz, desgajando el aire.
Arcania sostuvo el báculo, aguardando a las viajeras, y un buen combate.

Del portal surgieron una chica de ojos rasgados, con un traje de algún planeta pos-colonizado por las hélix; otra de cabello negro, pecosa, de aspecto terrestre, y una mujer morena, con una armadura inspirada en los eónidas.
Las tres custodiaban a una cuarta, oculta bajo un manto violeta.
Arcania elevó su báculo.
Alto dijo la mujer, descubriéndose y mostrando su corona plateada y fulgurante. Era Astrid, la reina de las viajeras. ¿Por qué se arriesgaba en territorio de los antiguos?
Tenemos una propuesta para hacerte dijo.

El techo abovedado era una ventana circular a un vacío púrpura, donde infinitas perlas fulguraban en nubes espiraladas.
Astrid caminó sobre las losas blancas y negras, sin perturbar los ojos maravillados de Arcania, y descendió por unos escalones hacia un pozo de piedra gris. Extendió sus manos, y llamó a una esfera, que se posó ante ella.
Arcania ya estaba a su lado, y ambas hundieron la mirada en un mundo de esqueletos con piel transparente, órganos negros y alas, que planeaban en una urbe gaseosa y titilante, habitada por fantasmas perdidos.
Astrid dejó ir la esfera, que regresó al enjambre. Lo contemplaron un rato.

¿Qué ves? preguntó la reina, abarcando con un gesto el lugar.
Arcania describió cada detalle, intrigada por la risa de Astrid.
Se parece a como yo lo veo. Pero este lugar, más allá de todos los espacios y tiempos, es muy especial. Algo inconcebible para la magia, la ciencia, o la abraxis, creado posiblemente por las guardianas junto a una fuerza primordial, para reunir a las viajeras.

>>Quien llega a la cúpula infinita, la ve y comprende de la forma más apta a su conciencia, historia e imaginación; para algunas, es una enorme biblioteca con escaleras, y cada universo es un libro. Para otras, un bosque con árboles a los que trepan para hallar mundos en cada rama. Están las que se hallan en laberintos, o mansiones fastuosas con cuadros, esculturas, armarios y ventanales al cosmos. Recuerdo a un niño viajero (porque sí, son excepciones, pero hay hombres viajeros) que veía a esta cámara como un desván sin límites, con cajas llenas de cuadernos y juguetes; también cofres que guardaban mapas, dibujos y talismanes. Cada uno, una pantalla al multiverso.

>>Las viajeras no tenemos barreras para entendernos, o para comprender un mensaje en un mundo extraño, siempre que estemos conectadas al pleroma. Algunas se vinculan incluso antes de pisar el castillo.
¿Por qué me dices todo esto? ¿Y por qué me es tan familiar?
Porque has vivido mucho. Y porque ya has venido en sueños.
Debe ser un error Arcania se alejó de Astrid, y hundió su mirada en la nube de esferas plateadas. Podía viajar de un mundo a otro en mi universo, pero siempre con magia. No soy capaz de trasladarme de un universo a otro.
No era la magia. Eras tú afirmó Astrid. Los hechizos fueron sólo un canal. Y algunos mundos que visitaste, eran de otros universos. Arcania la miró, asombrada.

No existe una sola Tierra le explicó Astrid, en otra lección. En algunos universos, hay más de una. Y muchas veces se llamó Agua o Cristal.

>>El multiverso es recorrido por ondas, que se imprimen como moldes en la materia. Estos son arquetipos, que se traducen, combinan y transforman, sintetizándose. Cuerpos, formas, sociedades, eventos, invenciones, sentimientos, personalidades, pensamientos, saltos evolutivos.

>>Existieron más de una Arcania y una Astrid, pero no éramos nosotras.
Arcania asintió, pero no pudo seguir preguntando, porque escuchó unos pasos. Detrás de ella, Dorice, la pecosa, traía a una niña de la mano.
Acércate, Edith la llamó Astrid. La pequeña fue corriendo a abrazarla. Estarás a cargo de ella dijo la reina, mirando a Arcania.
No tengo nada bueno que enseñarle susurró la oscura a la reina, cuando ésta se incorporó.
No es la niña la que tiene que aprender.


La mano diminuta se cerró en torno de la de Arcania, y la lección comenzó.

Publicado en la antología Vínculos Secretos (Avatares XI año XI) 2014

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